Hokum: El inquietante regreso de Damian McCarthy al terror irlandés

Última actualización: 22 de junio de 2026
  • La trama sigue a un escritor atormentado que visita una posada irlandesa vinculada a sus padres y a leyendas ancestrales.
  • Damian McCarthy fusiona el folk horror con el drama psicológico, utilizando mitos como la figura de Cailleach.
  • El filme destaca por su atmósfera opresiva y el uso de simbolismos recurrentes, como los perturbadores conejos.

Cine de terror

Si hay alguien que sabe cómo ponerte los pelos de punta con espacios cerrados y una tensión que se corta con cuchillo, es Damian McCarthy. Tras dejar huella con trabajos como Caveat y Oddity, el director irlandés vuelve a la carga con Hokum, una propuesta que no deja a nadie indiferente y que intenta diseccionar el dolor humano a través de los sustos más clásicos y retorcidos.

La película nos mete de lleno en una atmósfera húmeda y asfixiante, donde el paisaje de Irlanda no es solo un escenario, sino un personaje más que parece querer tragarse vivo al protagonista. Se trata de una obra que camina por la cuerda floja entre el estilo gótico y el folk horror, buscando que el espectador se sienta tan incómodo como el propio personaje principal durante los 101 minutos de metraje.

Una trama marcada por la culpa y el aislamiento

La historia gira en torno a Ohm Bauman, interpretado por un Adam Scott que se sale de su zona de confort para dar vida a un escritor de bestsellers de terror bastante irascible y amargado. El tipo está en plena crisis y decide refugiarse en una remota posada irlandesa, el mismo lugar donde sus progenitores pasaron su luna de miel y fueron felices, aunque quizá solo fuera una ilusión pasajera. El motivo del viaje es doble: busca el silencio necesario para escribir y, además, quiere esparcir las cenizas de sus padres como una forma de pedir perdón por el trauma y la ruina que marcaron sus vidas.

Lo que empieza como una retirada creativa se convierte rápidamente en una pesadilla. Bauman se encuentra atrapado en un entorno donde la suite nupcial se vuelve una cárcel y los pasillos parecen no tener fin. A medida que avanza la trama, el protagonista se topa con una serie de eventos desconcertantes: desde una mujer que desaparece sin dejar rastro y un asesinato que nadie ha resuelto, hasta un bosque que parece respirar y un loco armado con una ballesta que acecha en las sombras.

El folklore gaélico y la simbología del horror

McCarthy no se queda en la superficie del género y decide meterle mano a la mitología de su tierra. El motor sobrenatural de la cinta es la figura de Cailleach, una entidad de la mitología gaélica vinculada al invierno y la vejez, encargada de traer las tormentas desde el Samhain. Esto justifica que la acción transcurra en plena época de Halloween, convirtiendo el frío y la decadencia del hotel en una extensión de este mito ancestral.

Uno de los puntos que más llama la atención es la recurrencia de los conejos espeluznantes, que aparecen como símbolos perturbadores. Para el director, estos animales representan una iconografía personal basada en traumas infantiles, logrando que algo aparentemente tierno se convierta en una fuente de amenaza subconsciente muy efectiva. Esta mezcla de racionalidad estadounidense y superstición local crea un choque cultural que potencia la sensación de indefensión del protagonista.

Análisis técnico y recepción crítica

Desde el punto de vista visual, la película es un ejercicio de tensión atmosférica. La fotografía de Colm Hogan apuesta por tonos sombríos y una humedad constante que cala hasta los huesos, mientras que el diseño sonoro de Joseph Bishara se encarga de que el silencio sea tan agresivo como los propios jump scares, los cuales están colocados con una precisión quirúrgica para no resultar predecibles.

Sin embargo, no todo el mundo está convencido. Algunos críticos opinan que la cinta es una amalgama de tópicos que no llega a asustar, comparándola incluso con un videojuego por su falta de tensión narrativa en ciertos tramos. Se ha cuestionado especialmente la inclusión de secuencias en el desierto sahariano, un añadido derivado de la financiación de Abu Dabi que, para algunos, no pega ni con cola con el resto de la ambientación irlandesa.

A pesar de estas voces, es innegable que McCarthy domina la creación de espacios opresivos. La película funciona como una fábula moral donde el horror exterior es un reflejo de las heridas internas de Bauman. El hotel, con sus habitaciones selladas y su podredumbre moral, es la materialización de la incapacidad del personaje para procesar su duelo y aceptar sus responsabilidades pasadas.

Hokum se consolida como una pieza de autor que prefiere arriesgarse con la extravagancia antes que caer en los clichés vacíos de la industria actual. Entre el uso de la profundidad de campo y la gestión de los espacios cerrados, el director logra que la tristeza húmeda y enfermiza de Irlanda se quede grabada en la mente del espectador mucho después de que aparezcan los créditos, reafirmando que el verdadero terror nace de la imposibilidad de escapar de uno mismo.